Entology
domingo, 21 de diciembre de 2025
El Rompehielos
martes, 7 de junio de 2022
The Cad
Illic cerró de golpe el viejo diario polvoriento, se quitó los guantes antes de tomar su cabeza con ambas manos y maldecir en once diferentes lenguas muertas, dejose caer de rodillas, la araña a su lado pensó en saludarle, pero sus patas faltantes le recordaban cuan propenso era su anfitrión a caer en vesanía, marchose sigilosa pero fue atravesada por las gélidas pupilas de su maestro, macabros reflejos de la luna llena que observaba impasible tras la ventana, paralizada como estaba, inutil fue escapar de la huesuda mano, hoy perdería otra parte de si nuevamente, lo sabía, pero Illic simplemente decidio mirarla sin emoción; camino a su escritorio y vertió una extraña savia sobre la pequeña criatura que empezó a retorcerse agónicamente.
Indiferentemente Illic dejó el bichó a su suerte y comenzò a trazar diagramas y notas sobre viejos pergaminos, sin darse cuenta su ojo izquierdo dió a luz una gota de brillante líquido azabache, pues sin notarlo sus diagramas se convirtieron en el retrato de una mujer, y con sus ojos vidriosos miró al viejo satélite en el cielo y tras un breve silencio musitó para si mismo "una vez mas", recogió algunos papiros, caminó con paso firme haciendo crujir la vieja madera, sintió como una pequeña arañuela se posaba sobre su hombro con dos nuevas patas entumidas, descendió por los viejos escalones hasta el sótano de la torré donde una gran cantidad de frascos, maquinaria y grimorios le aguardaban junto al cuerpo marchito de una joven.
martes, 12 de abril de 2022
Keep your eyes on the prize
lunes, 28 de marzo de 2022
Sin titulo
-¿lo mismo de siempre?- preguntó el cantinero al pianista.
-Ya deberías saberlo- contestó este señalando un vaso de cristal vacío, ambos sonrieron discretamente, el pianista llebava catorce años asistiendo cada viernes de manera casi religiosa, como si de un ritual se tratase, señalando el mismo vaso, cosa extraña, pues el cantinero recordaba haberlo roto en al menos cinco ocasiones y de alguna manera, este aparecía siempre sobre la mesa los viernes en la noche, impoluto, con la misma pequeña grieta en el borde, sin duda algo extraño, casi tanto como el aspecto de su cliente, un hombre de mediana edad, con mirada cansada y sonrisa amarga, que al igual que el resto de si mismo, se negaba a poliformarse con el paso del tiempo, llevaba sirviendole al mismo rostro por casi una década y media, naturalmente sería motivo de alarma o cuando menos, de curiosidad y sin embargo, este extraño personaje transmitía una agradable sensación de paz y calma, además, él era un buen cantinero, uno que sabía que hay cosas que es mejor no preguntar, pues él había servido a asesinos, políticos, destacados miembros del hampa, y nada se valora mas que unos labios discretos y orejas prudentes.
-¿Crees que los difuntos sueñen con los vivos?- intereumpió repentinamente el pianista.
-Los fantasmas lo hacen- respondió desde atrás una voz joven, entró entonces una muchacha de largo cabello rojizo, apenas una adolescente, llena de perforaciones faciales, vestia una leñadora y unos jeans claramente pensados para hombres, procedió a sentarse junto al hombre, ordenó una cerveza, y encendió un cigarro, el dueño del local hizo ademán de prohibición, pero el pianista le detuvo sutilmente con un gesto mientras decía:
-Si los fantasmas sueñan... si los fantasmas sueñan- suspiró, hizo una pausa y continuó, -Creo que he bebido suficiente, me retiro por hoy- acto seguido extendió un pequeño bulto de billetes al cantinero, que tras tomarlo le dijo a su cliente:
-Un momento, aquí hay demasiado-
-En absoluto- replicó el pianista- hay suficiente para mi trago, su cerveza y un taxi, después de todo ella no tiene un centavo en el bolsillo, buenas noches- hizo un ademan y desapareció calle abajo entre la noche.
El cantinero miró confuso a la joven, a quien encontró con una mezcla de estupefacción y verguenza juvenil, como si su rostro dijese "me atraparon", -voy a llamar un taxi- dijo mientras se daba la vuelta
-¿Quien es?, los ebrios de tu bar siempre son tan generosos?-
-En absoluto, después de todo, él siempre pide... un poco de Té-
Ambos se miraron con confusión
Mientras caminaba, el pianista seguía dandole vueltas a las palabras de la muchacha -Si los fantasmas sueñan... si los fantasmas sueñan... mientras los fantasmas sueñen-
Un ruido sordo lo despertó, se preguntaba si el cielo siempre había estado bajo sus pies, luego se dio cuenta de que el asfalto se acercaba peligrosamente a su cara
-va a doler- y en efecto así fue
-¿Esta bien?, ¡llamen a una ambulancia!- dijo una voz angustiada
-¡Ah, claro!, la calle, mi culpa, siempre olvido mirar a ambos lados, mi madre nunca me lo enseñó- dijo el pianista al levantarse ante la atónita mirada de un anciano
-No se preocupe- extendió algo de dinero al anciano- para las reparaciones, que tenga una buena noche- y nuevamente se alejó perdiéndose en la bruma crepuscular
-Espere gritó el hombre mayor- pero ya era tarde, pues el pianista ya no estaba al alcance de sus cansados ojos.
Una vez en su morada, el distraido se recostó sobre su diván, abrió su camisa y con tono de disgusto mezclado con aburrimiento dijo
-Nada- seguido de un largo suspiro,
-Si los fantasmas sueñan... es posible que nos visiten en la tierra de morfeo- musitó al levantarse, luego se miro al espejo en la pared, sostuvo un camafeo con la foto de una joven y la observó durante largo rato, unos músicos callejeros tocaban en la acera, inundando el departamento con suave jazz melódico, perfecto para ña ocasión, y sosteniendo la imagen de la joven exclamó con voz seria
-Mientras tu esperas que nos reencontremos en el valle de Morfeo, yo me disculpo, ya que es una pena el saber que los inmortales no puedan soñar...